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Tus cabellos rojos.

Tus cabellos rojos, tus colores
rojos que me atrapan, en la blancura
de leche de tu mar de piel, inmenso
y divinidad hecha mujer, mía y musa
artística de mis profundos desiertos
que se encienden en movimiento,
ya por tu color, por tu miel que chorrea,
por buscar(te) en el origen del mundo,
mi diosa violenta que emana intensidad
y color vivo, color de vivir, sólo busco
el origen, la mística presencia invisible/
tangible, de ti, mi amada, que me impulsas
y me atrapas, en tu tesoro, aquél secreto
chorreante que existe para ser el centro
de la tierra, dónde ves el mar y poderosa
lo haces tuyo y lo conviertes en una
llameante expresión corpórea, tan tuya
como mi cuerpo y mis sensaciones
todas fundidas entre tus brillantes cabellos
rojos como la sangre y bellos como el
fruto dulce de nuestra expresión, ansiosa
y tranquila, terriblemente hermosa y
sólo nuestra, como nuestra complicidad
calurosa como el sol de la tarde, vuelvo
a desear esas tardes de calor, ambos
sofocados, buscándonos cuerpos y
físicas y allá nuestros corazones juntos
como uno, al momento del temblor,
ese que nos derrumbó/creó, que nos deja
temblando inquietos, hambrientos
y sedientos, curiosos cómplices, o bien
que te amo, mi musa, y despiertan mis
versos entre tus piernas, acarameladas,
dulces e inmensas prisiones de mi rostro,
menos que rojo por la ocasión, mi amor,
roja flor de mi vida, mi abeja reina,
te amo.

Musa.


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Una pequeña roca

Luego de interminables monólogos, de constantes luchas de ego, aquél narcisista hombre se calló, no lo pude escuchar. Aquellos debates entre dos ideales se callaron, quedé solo en lo que se sintió como una eternidad… Escuchar la guerra hacía que estuviera seguro, existía el equilibrio y el balance. Sin embargo, aún conservo ciertas pequeñas cosas de él. Ha pasado tiempo desde la última nota autobiográfica, y es por ello que hoy escribo, una carta para el ego, mi ego… o mi corazón. El pleno silencio es bueno, aunque he descubierto brechas de seguridad en la templanza programada. Perdón por tratarme a mí mismo como una roca, sin perturbación ni sentimientos; fue bueno al principio, pero hoy se hace presente el agotamiento y no pido que me entiendas, sólo que me escuches. La Roca, durmiendo sobre un volcán. Un día existió una roca muy particular, esa roca había desarrollado razón y, sin embargo, no entendía lo que estaba sucediendo a su alrededor, se hacía preguntas y no hallaba respuesta...

De frases selectas. Prefacio al prólogo.

Si os ha gustado, batid palmas y aplaudid al autor. César Augusto, finales de su vida. ¿Os parece que he representado bien esta farsa de la vida? César Augusto, finales de su vida. ¿Numquid durabo? San Alberto Magno, siglo XIII. ¿Quedará algún minúsculo fragmento de mi alma en el espíritu universal? Aleksandr Solzhenistyn, Pabellón de cáncer, 1973.   ¿Bregar? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Por la fama, lenitivo que suplanta a la seguridad de un más allá? ¿Por el hombre? ¿Por crear y que perviva, al menos efímeramente, nuestro recuerdo cuando nos vayamos? Luchar contra la Nada, que es peor que el infierno. José M. Tajarina, Del miedo a morir. Todo hombre es un moribundo. Marco Aurelio. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, Una sombra una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. Calderón de la Barca. La Dirce cristiana, Henryk Siemiradzki, 1897.

Pensé.

Pensé que habías encontrado un confidente,  pensé que habías hallado una razón,  pensé que habías encontrado unos brazos donde descansar,  pensé que habías encontrado una  fuente de empatía,  pensé que habías dicho gracias .  Sólo no pensé,  que habías mirado otro jardín.  El niño del chaleco rojo, Paul Cezanne. 1889-1890.